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Mejor dicho: no se escondió. Seis días bajo el sol en un lugar increíble. Gaia Camp no defraudó ni a viejos ni a nuevos, era lo que todos esperábamos: un manto verde cruzado por el río Tiétar.

Todos los días el mismo plan -hay rutinas que saben a gloria-. Temprano a Misa y a tomarse el desayuno de Manolo para cargar las pilas, un día duro aguarda. Después de la charla, deportes. Nuestras dos tribus se defendieron como pudieron. El combinado 5º-6º, Mizarrones, se fueron de vacío y los mayores de 1º ESO, Unglorious, consiguieron el primer puesto… del Torneo B.

Y tras el deporte al río y como dice la canción, estaba bien frío. Nada que nos impidiera volver un día tras otro. A algunos ya le salían membranas en los dedos, como el sapo de Mizarrones, que terminó sus días en la alcantarilla (por dejarlo, claro, dentro de la habitación).

Había que secarse rápido, porque ya esperaba la comida. Después se reúnen los preceptores y preparan el juego de tarde -¡ah, el momento perfecto para tirar petardos!-. No fuimos Zeporretes, aunque alguno estuvo cerca. Salomón, «rico y fortachón», al final tuvo piedad.

Juegos de tarde y de noche. Los hubo de todo tipo: isla de Cuba, avutardas, Rommel y Montgomery, SWAT… no paramos. Cada vez el campamento se transformaba en un escenario diferente; los preceptores eran estrategas, pajarracos, personajes de El Señor de los Anillos, Marco Polo o Gengis Khan.

Disfrutamos hasta reventar con los chavales de Codec, Altamira, Jara y Viana. Nos empachamos de glucosa y llenamos los bolsillos de Murphys. Nos dejamos la voz aclamando a Salomón, las neuronas en el catecator y las piernas huyendo de los Uruk-hais y las avutardas asesinas. Este ha sido un campamento para recordar. Una pena que llegara el miércoles y con él la vuelta a casa. ¡Ya hay que prepararse para el campamento de verano!

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